Una idea: cójase a los habitantes de Padrón y de Melide (alcalde y alcaldesa incluidos) y lléveselos de excursión pagada al norte de Portugal, a Vilanova da Cerveira y a Caminha, por ejemplo. Déseles un paseo por sus minúsculos e impecables cascos históricos saturados de turistas dispuestos a pagar hasta 27 euros por un bacalhau y regresen luego los autobuses a casa. A continuación hágase una ley, decreto, comunicado, normativa o lo que proceda. Pero manu militari. Y por buenas o por malas arréglense sus centros urbanos, porque uno y otro están que dan pena.
Mucho más destrozado el de Melide, abandonado de la mano de Dios y de los hombres el de Padrón. Ambos, para llorar. Y no solo por el valor histórico intrínseco que poseen, muy evaporado en la localidad del Camino de Santiago porque ni alcaldes ni alcaldesas lo evitaron, vigente en la del Ulla. Sino también por la cantidad de dinero que pierden un día sí y otro también sus habitantes, ellos y sus representantes municipales ciegos para ver lo que es el turismo de calidad.
Pero claro, no hace falta cruzar el Miño para comprobarlo. También se puede poner proa a Allariz, donde un excelente alcalde y luego desastroso vicepresidente de la Xunta se batió el cobre con su equipo para salvar de la agonía a una villa que, por tener, no tiene ni la mitad de lo que posee Padrón (¿Dónde van las murallas de Melide, por cierto?). Y mire usted dónde está ahora Allariz y compare con el lugar que ocupan las otras dos.
Eso sí, Melide no tiene Plan Xeral. Y a pesar del encomiable esfuerzo de la gente de a pie que logró sacar adelante su ejemplar museo, la irrelevancia parece una amenaza real. Claro que mientras pasen peregrinos, todos contentos con las migajas.