En un país que huye como de la peste del modelo nórdico -elevados impuestos, elevadas prestaciones-, sacar adelante cualquier recargo sobre el turismo va a costar un potosí. A este gobierno local o a cualquier otro. Pero menudencias aparte, si a lo anterior se le une la ola de liberalismo económico que nos invade no resulta difícil de entender que cualquiera opine sobre los sueldos de los concejales. Que en algún caso son tan ridículos como en Dodro, dos de cuyos integrantes cobran la astronómica cantidad (¿hay que explicar que es una ironía?) de 7.500 euros al año… ¡brutos!
Aquí solo hay dos fórmulas: o se dejan esos cargos políticos a aquellos entre los cuales el dinero no constituye ni la mínima preocupación, o hay que pagar el trabajo. A quienes cobren -y a quienes no- hay que exigirles que se dediquen a solucionar los problemas de los vecinos. Tan simple como eso. O sea, que se preocupen, que investiguen, que den soluciones. Claro está que no van a agradar a todos. Pero que se vea que se fajan.
¿No lo hacen? Quizás alguno no. Siempre hay ovejas negras. Pero los concejales de los distintos equipos de gobierno de los municipios de la comarca intentan mejorar el nivel de vida -los servicios- de su territorio. No tienen horas libres porque en cualquier momento alguien los llama o se plantan en su casa o tienen que acudir a un acto a las 8 de la noche que maldita gracia les hace. La gran mayoría, con lo que cobran, se pagan la gasolina de ir a esta o aquella aldea, poniendo además el coche, claro está. Y si son honrados ni siquiera admitirán invitaciones, fuera del café que se ha convertido en el icono del buen recibimiento que se dispensa a cualquiera en Galicia.