Candados

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Era inevitable. A algún (o alguna) lumbreras se le ocurrió que sería bonito llenar Santiago de candados del amor en estos tiempos donde muchas parejas se juran amor eterno hasta el fin de semana que viene (casi la mitad acaban divorciadas, por cierto). Y lo auténticamente noso o no se conoce o se minusvalora. Verbigracia, la fuente del Franco, tan ligada a la historia jacobea, que en ocasiones parece un pozo de desperdicios. O el cementerio de los peregrinos medievales, que un compostelano de cada diez sabe señalar en un plano callejero. Así que ahora toca a los candados, que es mucho mejor que dedicarse con ansia al juego del calamar, en esa búsqueda infinita de a ver quién protagoniza la idiotez de mayor calibre.

Hace trece meses un niño le preguntó a su madre por qué no celebrábamos por estos lares el Día de Acción de Gracias, como los estadounidenses. La cosa tenía una lógica aplastante e imbatible: ya celebramos el Black Friday, el Black Monday, el Halloween, el Samaín, el Día de los Muertos y unas cuantas importaciones fraudulentas más. Y hasta somos capaces de crear y promocionar Caminos de Santiago por itinerarios donde jamás vieron a un solo peregrino; somos unos genios inventando y copiando. Mientras, se pierden costumbres propias como ir al colegio con el rosario de castañas, cantar los maios (al menos empieza a recuperarse en algunos sitios) o incluso, para los que aseguran profesar el catolicismo, acudir a la Misa del Gallo. Y ahora nos vienen con los candados. Basta que cualquier influencer que hasta acabó la ESO lo potencie para que ya podamos presumir de otra tradición importada. ¡Qué ganas de pegarse un tiro en un pie tienen algunos (y algunas)!