En el mundo no urbano propiamente dicho de la comarca abren sus puertas algunos establecimientos hosteleros que son puntos de encuentro social y de intercambio de información. Al hacer una comparación temporal se comprueba que quedan pocos.
Uno de los placeres es explorarlos. Y la mitad de las veces se pierde el dinero —recuperable— y el tiempo —irrecuperable—, pero la otra mitad permite descubrir algo interesante, quizás curioso y siempre humano.
Los últimos dos hallazgos se localizan muy cerca de Ponte Ulla, en la carretera nacional que conduce a Ourense, ambos a la izquierda. El primero se llama Victoria, tapería, cervecería y restaurante tras cuya barra atienden dos mujeres con muy pocos años cumplidos, activas tanto en el bar, como en la terraza cubierta, como en la descubierta. Clientes de los enclaves cercanos. Tienen habitaciones y cuidan la estética.
El segundo se distingue unos metros antes de acceder al puente que salva el río Ulla.
Su nombre: O Cruceiro, y la mujer que lo lleva, Victoria (una casual coincidencia), joven, derrocha amabilidad y con un acento encantador (esperemos que sea políticamente correcto decir esto y los lectores woke, si los hay, no se alteren). Visión general agradable, comida normal —raciones y algo para tomar rápidamente— bien preparada, abundante. Lo atrayente es la atmósfera, con peregrinos que recorren la Vía da Prata o Camino Mozárabe y gente de las cercanías, que es la que crea ambiente. Si estos lugares murieran, cosa que por suerte no parece cercana, el mundo no urbano de la comarca sería un poco más triste. Parar y tomar allí un café se convierte en un acto de solidaridad.