En la comisaría

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

23 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El agente —uniformado, amable— se quedó algo sorprendido y unos segundos desorientado cuando le dije que sí, que mejor no entrábamos en la comisaria vieja de Rodrigo de Padrón, a donde había acudido a hacer una consulta sobre extranjería, porque «me trae malos recuerdos». Teniendo en cuenta que por edad podría ser mi hijo menor, seguro que no entendió nada. Porque ese edificio ahora en plena efervescencia popular tras el incendio de la comisaria nueva —que parece que es la de siempre; antes tenía otras funciones más siniestras ligadas también a la policía— fue centro de torturas. Y no, no hay que olvidarlo.

Por supuesto, ni ese agente ni sus compañeros son responsables de ello, como no lo son el que uno de sus antepasados —profesionales— al que tuve el dudoso honor de conocer de cerca recibiera merecidamente el apodo de El Carnicero y no precisamente por sus modales respetuosos y su humanismo cristiano.

Y dicho eso, la actividad en la comisaría rezuma un toque tercermundista. Éramos dos docenas de ciudadanos atendidos en plena calle por esforzados agentes, que se multiplicaban sin perder la sonrisa. Su sindicato mayoritario decía que el problema para no avanzar rápidamente en el arreglo tras el incendio no era la comisaria jefe —de quien aseguró que se está dejando el alma por sus hombres y mujeres—, ni el Concello, ni la Xunta. El problema radica, según el sindicato, en Madrid, que va paseniño paseniño y sin tener demasiado en cuenta que ser atendido bajo un toldo en la calle es hasta humillante. Nadie tortura hoy en Rodrigo de Padrón ni en ninguna comisaría. La tortura es de los compostelanos que tienen que acudir a la suya.