Cuando se habla de multas hasta al más sereno se le pone el pelo como escarpias. Si a la palabra multa se une su amiga radar ya cunde el pánico incluso entre los más valientes. Pocos, muy pocos ciudadanos se han librado de alguna tras años de ir por las carreteras. Y si los ingresos totales por sanciones de cualquier tipo son abultados, la oposición —la que sea— pone el grito en el cielo y acusa al poder de saquear los bolsillos de los contribuyentes.
Desde luego, hay radares que uno no entiende con qué finalidad han sido colocados excepto que sea justamente esa, llenar las alforjas. Por ejemplo, el de Conxo en dirección salida de la ciudad. Pero ello no quita que las multas salven vidas porque, despistes aparte, ante el aviso de radar en las cercanías levantamos el pie, lo cual incrementa la seguridad. Por si alguien lo ha olvidado, antes del radar de Restollal los coches bajaban a toda prisa para meter la frenada ante la rotonda.
Cierto es que hay una resaca de tiempos en los cuales los de verde abusaban. Quien escribe lo sufrió en dos ocasiones y encima con unos funcionarios que espero que se pudran en el infierno porque se reían sabiendo que cometían una injusticia. Los radares son neutros. Les da igual que vaya el almirante que el currito: si se pasa de la velocidad, multa. Y si ese dinero va a un fondo común para beneficio de la comunidad, ¿cuál es el problema? ¿Alguien cree que si el año que viene cambia el signo político del alcalde en Santiago o en cualquier otro sitio la hoy oposición iba a criticar los dineros que entran a través de las sanciones, así en abstracto? Un poco de seriedad no vendría mal. Y un poco menos de velocidad en la carretera, tampoco.