Para todo hay que valer en la vida. También para ser político y aprender a soltar por esa boquita, sin inmutarse, que donde dije digo digo Diego. Miren si no a Feijoo afirmando que Mazón dio «una lección» (¿ética, política?) con su dimisión que parecía no llegar nunca. Como hay que valer —o ser una absoluta ignorante— para criticar a la Xunta porque todo apunta a que con las nuevas medidas que quiere implantar podrá haber minipisos de treinta metros cuadrados. No parece haberse enterado la autora de la crítica (Alexandra Fernández, portavoz de Vivenda del BNG) de que el problema no es que el piso de un joven tenga treinta metros cuadrados, sino que simplemente no hay pisos, ni grandes ni pequeños.
O hay que ser ignorante y no saber que en todos los países desarrollados no es que la gente viva sobre todo de alquiler, sino que, además, la gente joven vive o en casas (por allí los pisos no abundan) compartidas o, como mucho, en apartamentos que nos parecen minúsculos. Aquí no. Aquí lo normal es ver cómo los hijos, con 28 o 30 años, dan la entrada para comprar, como si el derecho no fuese el de disponer de una vivienda sino el hecho de la adquisición.
Cuando se abrieron los apartamentos de Pelamios, aquello fue una sensación. ¡Apartamentos individuales! Un lujo, porque para nada era lo normal, pero también se comentaba que eran una ratonera, pequeños, acostumbrados como estamos en Santiago (y en España entera, en realidad) a vivir en espacios grandes.
Bienvenidos sean los pisos de treinta metros cuadrados. Ikea expone un modelo de cómo organizarse en menos, en veinticinco. ¡Quién nos los hubiera dado a muchos no solo de estudiantes, sino después y viviendo con pareja!