Una pasarela

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Cuando regresé a vivir en la comarca compostelana, después de unos años en la coruñesa, había una pasarela en la Nacional 550, más cerca de Sigüeiro que de Santiago. Como nunca había visto a nadie usarla y sí cruzar a la brava en una recta donde el personal vaya si le pisa al acelerador, un día, curioso, me paré a verla. Estaba clausurada. Me comentaron por allí que su estado era malo y que arriesgarse a ir por ella entrañaba más peligro que lanzarse a las carreras por el asfalto.

En la Europa desarrollada —o sea, en la no mediterránea— las pasarelas son habituales, algo necesario que acaba integrándose en el paisaje. Porque, como es lógico, mejor afear un poquito la panorámica que enterrar a conciudadanos. Pues eso no rige en la Nacional 550 más cerca de Sigüeiro que de Santiago. Todos los días de clase hay varios padres que a veces, con niebla, se convierten en osados fantasmas cruzando con su vástago en brazos, o tirando de él a correr bien agarrado de la mano, para llegar a la parada del bus escolar. Una imagen tercermundista.

Como lo es cuando a la hora de la comida el autobús deja a los chicos del bachillerato (Xelmírez II casi todos) en la margen derecha de la misma nacional, a la entrada a Sigüeiro, y se lanzan a cruzar, aunque cierto es que metros arriba o abajo tienen un paso de cebra. Pero esto es España. Esperamos a que a uno de esos infantes o sus progenitores un coche los haga albóndigas para protestar y construir una pasarela. Y perdón por la expresión, pero les aseguro que es lo más cercano a la realidad que se me ocurre cuando veo un camión de tres ejes a 90 por hora por aquellos pagos y a una madre con su crío de tres años en brazos echando a galopar.