Motocrós

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Allá por los años 60 y 70, Pedro Marfany, padre de Enrique (quien acabaría siendo presidente de la Diputación coruñesa), lideraba un grupo de aficionados al motocrós, cuando tal actividad era, como mínimo, muy rara. Se trataba de gente muy respetuosa con el entorno, y se llamaban a sí mismo caballeros. Aparte el detalle no menor de que las motos, claro, contaminaban, eran, sí, unos caballeros.

Pedro Marfany ya no está entre nosotros, y si estuviese se llevaría las manos a la cabeza al saber que prácticamente todos los fines de semana unos fanáticos del motocrós -sea dicho en el peor de los sentidos- hacen de las suyas por los montes de O Bachao, norte del municipio compostelano. Así, no tienen reparo en invadir propiedades ajenas dándole caña al aparato en cuestión, y, «off the record», alguien de la Policía Local confesaba hace poco que era casi imposible pillarlos.

Pues no señor, vaya si es posible. ¿Dónde está el Seprona? ¿Dónde le echan combustible a las motos? ¿Es cierto que algunas circulan sin matrícula, como afirman vecinos de Santa Cristina de Fecha y de Belén?

Voy a echarle una mano al uniformado despistado: en la muy cercana Ameixenda hay un circuito de motocrós, entiendo que legal, que al parecer a algunos energúmenos les viene pequeño. Seguro que ahí encontrará la policía información y ayuda. Porque si no es así, ya sabemos de dónde proceden los tiros.

Y de esa manera el dueño del perro al que los bárbaros dejaron ciego al aplastarle la cabeza pasándole por encima y el del que acabó sus días bajo las ruedas podrán dormir más tranquilos. Por cierto, en ninguna de esas ocasiones los valientes motoristas pararon.

Energúmenos o caballeros. No hay más. Elijan.