Mazarelos


Andaba yo en otras faenas políticas cuando en Santiago se desarrolló aquella lucha -porque eso fue- para peatonalizar la almendra. Participé algo, poco. La incomprensión de los comerciantes, acostumbrados a una rutina de decenios, hizo salir a la calle a los sectores que tenían visión de futuro.

Hoy nadie niega que peatonalizar ha sido una auténtica inversión. Echando la vista atrás, tampoco hay que culpabilizar a aquellos comerciantes de mirada estrecha: era su educación, ¿cómo no iba el cliente a aparcar el coche a la puerta? Aseguraban que aquello iba a ser su ruina y que Santiago se hundiría por completo.

Sabemos que no ha sido así, pero la dinámica se repite en absolutamente todos los lugares de España cuando se intenta tomar una decisión similar. Pasa hasta en Sigüeiro, que entonces era una aldea minúscula y ahora una pujante localidad pequeña donde cada vez hay que aparcar más lejos (o sea, a cien metros del objetivo) y donde algún día alguien tendrá que plantearse peatonalizar alguna calle.

Y pasa ahora mismo en Mazarelos, incluyendo nada menos que recogida de firmas de protesta ¡desde el mercado, que es el segundo espacio más visitado de la ciudad después de la catedral! Visto desde fuera, o alguien quiere meter una china en el zapato del alcalde o no se entiende.

Sí, la historia se repite a veces. En aquellos años en que se pedía en manifestaciones y manifiestos la peatonalización del casco histórico un comerciante de la Rúa do Vilar salió a su puerta y gritó a un grupo que había que parar aquello porque «nos va la vida en ello». El pasado martes la gerente de la Praza de Abastos, Marta Rey, argumentaba en este periódico: «Vainos a vida nisto». ¿Les suena?

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