Dos estatuas


La pandemia ha hecho que salga a la luz un enfrentamiento -muy gallego, pero en absoluto solo gallego- de dos concepciones de la vida: una la representan aquellos ciudadanos que creen que no hay que gastar ni energías ni nada (¿ni en los bares?), y otra representada por los que creen que procede seguir avanzando contra viento y marea, organizando actividades, mejorando el pueblo donde residen. Los primeros resumen su filosofía en «si gastaran el dinero en cosas que hacen falta y no en estas tonterías…», y cualquier avance es un gasto innecesario. No ven -o no suelen hacerlo- que gastar un euro hoy para recoger tres mañana es siempre oportuno. Y buen negocio. Los segundos tienen visión de futuro. Saben que la pandemia pasará, que invertir en poner bonito su pueblo es positivo para el turismo, para la imagen, para la felicidad de sus coterráneos. Huelga decir que en Dinamarca -quizás el país del mundo donde sus ciudadanos están más orgullosos de su localidad- abundan estos y escasean aquellos.

Sin que esto signifique un cheque en blanco en absoluto, el concello de Oroso ha dado otro paso simbólico en esa mejora, en ser más atractivo para los peregrinos -hoy, pocos; ayer y mañana, muchos- y, sobre todo, para sus vecinos, que son los que pagan los impuestos. En ese marco hay que encuadrar la inauguración el sábado de dos estatuas: una, simbolizando el hermanamiento con el municipio portugués de Góis; la otra, recordando que por ese puente que da paso a Santiago salvando el Tambre caminó la primera peregrina británica conocida, Margery Kemp. Pero no se preocupe: verá como no faltará quien intente sacar punta a todo. Incluso a este doble acierto.

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