Dos meses esperando por un fontanero

El sector de la reforma lamenta que los jóvenes no quieran aprender oficios con futuro laboral


santiago / la voz

Tener en la agenda telefónica los números de un fontanero, un albañil, un electricista o un pintor es un lujo, pero si además se trata de personas de confianza que responden en pocas horas a una emergencia, el lujo se convierte en un tesoro. Profesionales del sector de las reforma reconocen que tienen listas de espera de varios meses y, en el mejor de los casos, de semanas. Si la demanda es para una obra de poca entidad, los expertos consultados admiten serias dificultades para responden con diligencia, porque los recursos son escasos.

Ante una avería suelen responder con relativa rapidez, cuando las llamadas son desde compañías de seguros o agencias que gestionan comunidades. Pero si la voz de auxilio procede de un particular, los profesionales reconocen que se complica la situación. «Alguna vez fui a una casa a las diez de la noche, porque antes era imposible», comenta el fontanero Víctor Suárez. Uno de los principales problemas es la falta de atractivo que estos oficios tienen para los chavales. «Los padres quieren que sus hijos sean ingenieros y no electricistas», apunta Jesús Rosende. Su lista de espera para según qué trabajos es larga. «Ahora tengo cosas hasta final de año. Antes de dos meses no podría empezar una obra nueva», indica Víctor.

Otro de los problemas es que no hay formación reglada para ser, por ejemplo, albañil. «Hace años empezabas como peón y aprendías el oficio. Ahora es raro que venga un chaval a pedir trabajo de peón», señala Fran Viña. Y todo ello pese a que «los sueldos no están mal. Un peón puede rondar los 1.200 euros». Incluso en aquellos oficios en los que existe un ciclo medio o superior, como es el caso de la electricidad, también hay dificultades para conseguir personal para reforzar las plantillas. «Algunos chavales vienen a hacer las prácticas, pero no se quedan. Ya lo dicen nada más llegar, es solo un trámite. Estudian la formación profesional para seguir estudiando después. Estoy en contacto con los institutos para conseguir trabajadores, y no es fácil», asegura Jesús Rosende.

Con el confinamiento, las empresas y los autónomos que se dedican al sector de las reformas interiores tuvieron varias semanas de parón y, aunque después fue posible volver a las obras en el interior de las viviendas, acumulan retrasos de varios meses y los proyectos siguen llegando a sus manos. En el sector reconocen que el verano fue bueno, porque muchas familias suspendieron sus vacaciones y se plantearon reformas en sus viviendas. «El tiempo de confinamiento en las casas hizo que la gente viera los defectos, y se planteó mejorar el baño o la cocina», comenta el albañil Fran Viña.

Uno de los gremios que tiene su temporada alta en verano es el de los pintores. José Candolo, quien también se dedica a la decoración, está desbordado de trabajo estos días. «porque la pintura es más de verano, pero no es fácil conseguir gente para trabajar y que sepa el oficio. A veces no hay tiempo para enseñar al chaval, porque no hay donde aprender lo básico del oficio». El problema de profesiones como la de fontanero y electricista es que, además, se ha producido un cambio en el perfil del trabajador. Hace décadas, los fontaneros sabían de todo, pero ahora hay especialidades. Así, si la avería es del calentador no solo habrá que tener de mano el contacto de un electricista, sino el de un calefactor. «Es como los médicos. El del corazón no te repara un hueso», apunta Rosende.

«Las familias quieren ingenieros»

Jesús Manuel Rosende cree que la falta de incorporaciones en su sector es «porque no hay chicos para el relevo. Estudian una FP como paso intermedio hacia la Universidad. La familia quiere ingenieros y médicos, porque no se da valor al trabajo de oficios, y no se dan cuenta de las salidas laborales. Es una cuestión de educación», sostiene.

 Considera que es un error despreciar oficios como el suyo. «Están bien pagados. Uno que empieza puede cobrar 1.300 euros al mes». Ahora mismo, apostilla, «estoy sobrepasado. No siempre puede atender averías».

«En unos años, ni un albañil»

Fran Viña recuerda sus inicios como peón de albañil. Ahora, lamenta, «no hay chavales para trabajar. En cinco o seis años empezarán las jubilaciones y no queda un albañil. Entonces sí se pondrá difícil la cosa». Fran considera que «los padres les damos todo. Vino un chaval a trabajar con un buen coche que le compraron los padres, y en dos días dijo que se marchaba porque sus padres le dijeron que no se rompiera la espalda». Viña no llega a todo: «Antes de mes y medio no podría comenzar una reforma de un baño, que entrará ahora». Dice que no es cuestión de sueldo: «Un peón cobra 1.280 euros, con 8 hora de trabajo».

«No hay aprendices para trabajar»

Víctor Suárez es fontanero, y tiene trabajo no solo en Santiago, sino en diversas localidades. «Ahora tengo para todo el año». Durante el confinamiento, algunos clientes le llamaron para suspender obras, y otros, para pedir presupuestos. «Es un trabajo que va por rachas. Ahora mismo es difícil que pueda atender un trabajo antes de dos meses», advierte. El principal problema es que «aunque tengas trabajos, no tengo gente. No hay aprendices para trabajar, y tampoco hay sitios donde aprender el oficio». Por si fuera poco, precisa, «los fontaneros de antes atendían a todo. Ahora cada uno atiende por partes».

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