Alcohol


Para muchos, tomarse una caña en el bar marcó el inicio de esto que llaman nueva normalidad. Admito que yo también he disfrutado de volver a pisar barra y terraza en mis bares favoritos, como el Enxa, el San Jaime, el Zum Zum o el Marte, y de retomar las comidas en el Dezaseis, ese lugar donde disfrutan estómago y espíritu al mismo tiempo. Pero a mí es otra clase de alcohol el que me ha confirmado que de verdad empezamos a dejar atrás la pesadilla del coronavirus. Y es que en el supermercado, tras más de tres meses completamente agotado, he vuelto a encontrar alcohol de 96 grados. Ha sido alucinante. Admito que ahora que ya no hay escasez de geles hidroalcohólicos su utilidad es sustancialmente menor, pero me he comprado un bote por el mero hecho de poseer algo que hasta hace muy poco era un imposible, como pasó con la levadura o la harina. Y también, claro está, por lo que pueda pasar. Porque la placidez que me ha proporcionado el fin del desabastecimiento del alcohol de 96 grados se entremezcla estos días inciertos con las noticias de rebrotes en China, en Alemania y en lugares mucho menos lejanos como Lleida, que han hecho que resuene con fuerza la palabra maldita: confinamiento. Los germanos ya lo han decretado para una zona del país en la que viven 360.000 personas y aquí en España el Gobierno advierte de que volverá a decretar el estado de alarma si la cosa se pone fea. Así que cada vez que veo a gente sin mascarilla por la calle o grupos enormes de fiesta o botellón me dan ganas de decirles: ¿Pero qué estáis haciendo? Cuando estemos encerrados en casa en pleno agosto vendrán las lamentaciones.

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