Teletrabajar

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro PICHOLEIRISMO

SANTIAGO

11 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El confinamiento forzoso obligó a multitud de empresas a repensar su organización. Cobró fuerza la fórmula del teletrabajo. Parecía la panacea eso del empleo a distancia desde la comodidad del hogar; pero pronto nos dimos cuenta de que no es oro todo lo que brilla. Al margen de poder rascar media o una hora más de sueño, al no tener que arreglarnos ni desplazarnos; el café frente al ordenador que tan bien sabía los primeros días fue agriándose al comprobar que sin un despacho propio la concentración exige nivel de faquir mientras el niño, el perro o la pareja danzan a nuestro alrededor.

Hemos aprendido a valorar, quizás, lo que significa un buen espacio de trabajo y un asiento ergonómico, tecleando sobre la mesa del salón en una silla de madera no apta para columnas sensibles. El drama de no tener una impresora a mano. De la hiperconexión. De jornadas que parecen no tener principio ni fin... Una bomba de relojería unido a circunstancias coyunturales, como puede ser el insomnio o la ansiedad. El sueño de muchos se desmoronó con el azote de la realidad. No era el teletrabajo la bicoca que se nos había vendido. Pero, poniendo sobre una balanza las cosas, podemos considerarnos unos afortunados los que no solo mantuvimos el empleo en tiempos de ERTE sino que pudimos llevarlo a cabo desde la seguridad de nuestro hogar, atrincherados contra el coronavirus y sin vernos obligados a exponernos al contagio. Oigo estos días mucho drama del primer mundo y tristemente coincido con quienes creen que, a pesar de todo, no saldremos más listos ni más fuertes como sociedad de esta pandemia. El ombligocéntrismo sigue reinando en la era poscovid.