Los números


Esta pandemia, como casi todas las catástrofes, nos deja algo especialmente desolador: la indiferencia y la frialdad con la que contamos los muertos. Números que se van amontonando unos encima de otros, como la chatarra y los residuos que dan forma a los promontorios de basura en la periferia de las ciudades, esos lugares olvidados y que apenas sobrevuelan las gaviotas. Las cifras de fallecidos bailan de un modo frívolo y desconcertante. No son manifestantes, ni asistentes a un concierto, ni espectadores de un partido de fútbol. Se trata de muertos, de miles y miles de muertos, lo que representa un gigantesco drama reducido a cinco dígitos, pero aquí borramos y tachamos algunos números como si se corrigiese una cuenta en el encerado. Hay algo espantoso en la naturalidad con la que asumimos ese recuento diario.

La edición que el pasado 24 de mayo dedicó este periódico a los fallecidos, con una primera página en la que aparecían sus nombres y un suplemento especial con los textos de sus allegados, fue un modo de revelarse contra la crueldad de la estadística y una forma de recordar que detrás de esos números hay nombres y apellidos, personas que se nos han ido de repente.

Había que devolver el obituario a la gente y democratizar un género casi siempre reservado a las figuras distinguidas, y rescatar así del olvido a quienes lo merecían y a quienes ni siquiera pudimos despedir. A Fina, José Luis, Ramón, Elena, Pedro, Milagros, Felipe, Ramona, Hilda, Benito, Manuel, Pilar, Jesús, Laura y tantos y tantos otros va dedicado este texto, para evitar que esas vidas, que tienen nombre y apellidos, queden sepultadas por los números.

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