Llegar y besar el santo


Somos, por naturaleza, besucones, tocones y pegajosos, de ahí que no sea extraño que civilizaciones más comedidas, como la anglosajona o la oriental, se pasmen con nuestra calurosa efusividad. Por eso nos ha costado esto de los dos metros de distancia y de la prohibición de repartir besos y abrazos por doquier. Pero el colmo de nuestro apego al contacto físico no está en los arrumacos entre iguales, sino en ese empeño que tenemos, por devoción religiosa y por vasallaje, de acercar los labios a las imágenes de los santos y a las extremidades y ropajes de reyes y poderosos. Y así, cuando caímos de verdad en la cuenta de que lo de la pandemia no era broma, no solo se tuvo que prohibir el abrazo al Apóstol en la Catedral de Santiago, sino también besar los pies de Jesús el Nazareno en León, el cordón de Jesús de Medinaceli en Palencia, el Cristo de Medinaceli en Madrid, el Cristo del Caloco en El Espinar, la columna de la Virgen del Pilar en Zaragoza o los pies del Desenclavo de la Cruz en Burgos. Por besar, besamos hasta los suelos que pisamos llenos de gérmenes, como hizo en tantas ocasiones el papa Juan Pablo II cuando aterrizaba en al extranjero. Esa costumbre no la heredó el papa Francisco, pero este, en cambio, no duda en besar los pies de mandatarios musulmanes. Podría pensarse que, tras el coronavirus, lo de llegar y besar el santo tiene los días contados, pero sería mejor no poner la mano sobre el fuego. En el año 2009 también se prohibió el abrazo al Apóstol por culpa de la gripe A y aquí estamos, en las mismas. Somos muy de besar tres veces la misma piedra.

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