Un radar en mi cabeza


No sé yo si tanta cabeza pensante que se le da por poner radares habría pospuesto su instalación sabiendo que por arte de la alta política las elecciones están a la vuelta de la esquina. Si hay una herramienta con capacidad para transformar a las personas esta es el automóvil, una máquina que la carga el diablo, las financieras y el falso sentimiento de que un simple acelerón nos hace más libres. Pero todo esto se va al traste cuando tu cuentakilómetros marca 60 por hora, la señal de tráfico de cincuenta se te clava en la mirada, el radar se parte de risa y tú oyes en estéreo el sonido de una tragaperras de cerecitas que hace su agosto los 365 días del año.

Quien promueve ahora la instalación de radares recurre al argumento de la seguridad vial, toda una quimera con un parque móvil en el que hasta coches a punto de morir de éxito en el mercado de saldos de O Milladoiro superan los 120 kilómetros, aunque sea cuesta abajo.

Primero se disparó el precio de la vivienda y el área metropolitana se llenó de familias que querían tener un techo y no arruinarse en el intento. Después llegó el periférico cargadito de carriles para no morir de ansiedad en los atascos. A renglón seguido, alguien cayó en la cuenta de que la ciudad está para vivirla y eso significa menos coches, o mejor que estén bajo tierra previo pago de un impuesto revolucionario.

Y ahora llega el radar, porque no hay dos sin tres, y alguien tiene que tener la culpa y pagar el pato por viajar demasiado deprisa para no llegar demasiado tarde a no se sabe muy bien dónde.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Santiago

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Un radar en mi cabeza