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El diagnóstico de que nunca antes hubo en las zonas rurales tanta facilidad de acceso a servicios públicos como hoy, incluso en las más apartadas de las áreas urbanas, y que por eso nunca antes hubo en ellas mejor calidad de vida, es un espejismo alimentado por la universalización de la conectividad a la vida en Red y se nos viene abajo al paso del primer temporal o a la mínima sobrecarga de consumo eléctrico. Objetivamente, son incuestionables los avances en las infraestructuras para el suministro de servicios esenciales en el rural del área de Compostela, pero también que la brecha con la vida urbana se agranda más y más, y esto, al final, es un factor determinante de su retroceso socioeconómico y de su vaciado demográfico. Las caídas del suministro eléctrico y telefónico y los apagones tecnológicos que afectan por igual a núcleos perdidos en el monte que a los aledaños de cabeceras de comarca demuestran la desidida de las empresas suministradoras y la lasitud de las administraciones en la dotación, supervisión y exigencia de servicios públicos de calidad. La duración, en ocasiones días e incluso semanas, y la reiteración de las averías alcanzan extremos inadmisibles, al tiempo que las empresas levantan un muro de incomunicación -«marque 5»- frente a los consumidores indefensos, que solo cuentan para pagar facturas que casi nadie entiende. Pasa en aldeas de municipios rurales aisladas pese a tanta tecnología e incluso en barrios de la capital gallega con vecindarios organizados y que reivindican lo obvio: la necesidad de modernizar las infraestructuras, una evidencia que solo niegan quienes están obligados a solucionar el problema.

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