Son tan fuertes las turbulencias de la «alta» política que es fácil caer en la tentación de abstraerse en las distancias cortas y ensimismarse en que no pasa nada, porque Compostela es sitio distinto y basta con conectar el piloto automático, que el barco va solo. Y en parte va, es cierto, el viento sopla de popa y llena las velas en una travesía que se perfila plácida durante al menos un par de años, porque están asentadas unas bases firmes, resultado de que la capital gallega supo convencerse y convencer al mundo de su vigencia como confluencia de caminos de concordia. No es, sin embargo, de filosofía de lo que va a vivir la ciudad ni es el combustible para su necesaria transformación hacia un ecosistema productivo más sólido y diversificado que el actual. El Xacobeo 21 calienta en Compostela un optimismo cortoplacista que valdrá de poco sin esa fuerza de transformación que en otros tiempos partió de una voluntad común de las administraciones local, autonómica y estatal. Aquellos parecen unos tiempos lejanos de vieja gloria, como una foto que se fue ajando más y más con el paso del tiempo por desapego de Madrid y que ahora, en el contexto actual de incertidumbres, inestabilidad y muchas urgencias, se cae a pedazos. No basta con reaparecer en los presupuestos generales con partidas algo más que simbólicas, ni siquiera en sorpresivas licitaciones de Fomento como la ahora anunciada del orbital tantos años demandado. Falta recuperar una acción programada y consensuada al máximo nivel, con Patronato o con lo que sea necesario. No será este, sin embargo, el regalo de Reyes que recibirá la ciudad para el nuevo año.