Calor


Le llevó su tiempo, pero parece que ahora el verano se acordó de que Compostela también existe. Hace unas semanas, cuando una de mis hermanas me pedía que le mandara algo de lluvia para refrescar el ambiente en Zaragoza, yo proponía un intercambio climático. Lluvia a cambio de grados de temperatura. Lo malo de aquellos días fue asistir, informativo tras informativo, a conexiones con Galicia para mostrar cómo, mientras por ahí fuera se achicharraban de calor, aquí seguíamos con la chaqueta y el paraguas. Ahora que el buen tiempo ha llegado, que el paraguas está guardado y que el mercurio supera los 30 grados en Compostela, las conexiones parece que interesan menos. Desde hace tiempo, un conocidísimo político cántabro se queja amargamente de que solo se acuerdan de Santander cuando llueve, y con Santiago pasa algo parecido. Ayer, mientras disfrutaba del atardecer en una terraza, no puede evitar escuchar la sorpresa de un turista, posiblemente andaluz o extremeño, que le contaba a alguien por teléfono que no había tenido que usar ni el paraguas ni el anorak. «Ni lo saqué del coche», decía. Al otro lado del teléfono no debían creerle, porque mi vecino de mesa insistía una y otra vez en que no estaba lloviendo, y en que «hace tanto calor como ahí». Eso sí, «por la noche refresca, y se puede dormir», repetía con insistencia machacona. Inmediatamente pensé que la frase bien podría usarse como eslogan publicitario para una campaña turística. «Para comer, Lugo; y para dormir, Compostela». Lo dejo ahí, quizás entre todos podamos terminar con unos viejos tópicos que ya no reflejan la realidad del cambio climático.

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