Carne


El otro día vi en la tele un documental sobre la alimentación del futuro. Habrán oído que ya es posible, con células madre, producir carne de vaca sin que la vaca haya existido jamás. Alucinante y, a la vez, algo siniestro. Turbio. Un experto explicaba que en el planeta Tierra habitan 1.500 millones de vacas y que lo que comen, defecan y orinan supone un impacto ambiental enorme del que poco conocemos y del que casi nadie habla. Si no tuviésemos que criar todas esas reses para producir leche, queso, mantequilla o carne la población mundial vacuna podría quedarse en unos mucho más sostenibles 35 o 40 millones. Probablemente, los chuletones ya no serían lo que son hoy, pero ni contaminaríamos ni tendríamos que sacrificar a miles de millones de animales, que cada vez que veo imágenes de un matadero me dan ganas de alimentarme solo a base de tomates. El mundo cambió en el pasado, está cambiando ahora mismo y será completamente diferente en un futuro no tan lejano. Y en ese mundo que viene parece que vamos a tener que producir casi todo lo que comamos para poder dar de comer a 10, 15 o 20.000 millones de humanos sin provocar un impacto ambiental irreversible que destroce esta nuestra casa azul suspendida entre nubes. Viendo ese documental pensé en todos esos ganaderos de Arzúa, de Melide, de Frades y de tantos otros concellos en los que la vida sería inimaginable sin vacas. ¿En qué trabajarán? ¿Que harán para ganarse la vida?, le pregunté a mi mujer. Trabajarán en los empleos del futuro, esos que ahora ni tan siquiera existen, me dijo. Y así será. Así tendrá que ser en ese mundo que viene en el que el chuletón será solo un recuerdo.

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