Cámaras


No se puede poner un policía en cada esquina, no. Ni es necesario. Ya no. Como hoy en día ya de nada sirven los mapas de carreteras, superados por los GPS, ni los teléfonos fijos, que ya nadie usa, las cartas de papel y sello, que han sucumbido ante los correos electrónicos y los wasaps, o las enciclopedias, que ocupan un lugar que ya no tenemos en las casas y que no superan a una búsqueda en Internet, donde está todo. Ahora es posible controlar la ciudad desde una sala de pantallas y evitar todo tipo de delitos o, al menos, identificar en minutos a sus autores. También, por supuesto, a los energúmenos y energúmenas -y aquí sí es necesaria la diferenciación a raíz del contenido de algunos de los mensajes- que hacen pintadas en la Catedral o en cualquier otro monumento protegido. O, creo yo, en cualquier lugar. Para pintar están los cuadernos. A mí los que nos alertan del gran hermano y de que las cámaras atentan contra nuestra intimidad y privacidad me causan tanto estupor como los antivacunas. No se trata de hacer como en China, donde millones de ciudadanos son ya controlados por la calle con programas de reconocimiento facial. Ese es un límite que no debemos rebasar. Pero sí es juicioso proteger con cámaras lo más preciado que tenemos, que es nuestro patrimonio y, muy especialmente, el tempo del Apóstol que visitan miles y miles de personas llegadas desde todos los rincones del mundo. Muchos de los que no quieren esas cámaras se han regalado en Navidad uno de esos altavoces con nombre de señora a los que les puedes pedir de todo. ¿Quién escucha al otro lado? Eso sí que atenta contra su intimidad. En sus casas.

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