Diez años


Ya no me acuerdo si el primer reto que se hizo viral fue aquel de echarse el cubo de hielo para concienciar sobre una enfermedad degenerativa, o si la moda de compartir hasta el hartazgo fotos de gatitos y pasteles, o gestos más o menos absurdos ante la cámara es mucho más antigua.

En este momento, cuando todos tendemos a repetir las mismas tonterías, la moda que impera es bucear en nuestra memoria y en el repertorio fotográfico diez años atrás. Y, por supuesto, mostrar al mundo lo que hemos cambiado. O no.

No tengo nada claro del porqué de la década como referencia, pero un simple aleteo del cerebro me lleva a enero del 2009, un año lleno de nubarrones económicos para demasiados y de incertidumbre y miedo para todos.

Diez años más tarde, aquellas nubes derivaron en un mar de naufragios y tanto desconcierto dio paso a la evidencia de que, al menos para los de mi tribu, que peina canas, luce calvas y que están al borde del espanto por tanta involución, la cosa no fue demasiado bien.

Por eso, lo mejor es hacer una versión cerebral de la Trucarro y descontar kilómetros y vivencias hasta llegar al momento que más le interese a cada uno y, por supuesto, contarlo de nuevo reescribiendo la historia. Quizá de esta forma consigamos darnos cuenta del engaño propio y ajeno. Y que por mucho que intentemos vestir o endulzar lo que pasó hace uno o diez años, no habrá maquillaje que dentro de una o dos décadas consiga devolvernos la imagen de que de un tiempo a esta parte casi todo lo que nos rodea es digno del más saludable de los olvidos.

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