Son las doce del mediodía y ante la puerta de la Cocina Económica comienzan a reunirse los primeros comensales, que prefieren ocultar su cara y su nombre, y que, a partir de las doce y media, degustarán un menú, en el que elegirán entre sopa, arroz con setas, judías verdes, solomillo, pollo asado, bacalao y patatas. «Solo me queda la dignidad», explica un hombre que asegura que duerme en un cajero y que acude cada día al comedor social para comer y cenar caliente. Una mujer, delante de él, dice tener un trabajo en el que cobra «un sueldo miserable, que no llega a nada. Con pagar el alquiler, la bombona y la luz, se acaba. Tengo que comer aquí». Otro joven se queja de la subida de los precios: «Debería ser gratis. Luego tendré que pedir en la calle para la cena o quedarme sin cenar». Frente a este, otra usuaria elogia la calidad de la comida: «Es buena y siempre está sabrosa. Todos los días hay algo distinto. Aunque cobran, vale más de lo que pagamos». En la larga cola hay más hombres que mujeres y, entre ellas, una que dice estar enferma: «Tengo una minusvalía y soy víctima de violencia de género. Solo puedo comer aquí y me dieron unos vales en Cáritas, que se acaban».
Esther Seoane, directora de la Cocina Económica, comenta que cada día aumentan las personas que van al comedor. «En los días de frío, más. La gente quiere comer caliente». En las cenas es frecuente superar los 100 comensales y en la comida rondan los 200. El día de Reyes, concretamente, había 211 personas en las mesas. Los desayunos son también cada vez más numerosos, y suponen entre 60 y 70 servicios.