Compra on line, segunda parte


Eexactamente el 30 de noviembre, un día después de escribir el artículo en el que me quejaba del retraso de más de un mes en la recepción de unos zapatos que había comprado por Internet, llegó al fin por correo la mercancía. Y si ya antes me había confesado defensora del comercio de proximidad, mi única experiencia de compra on line me reafirma. Los zapatos no eran de piel como parecía en la foto, el color no era el que había pedido, tampoco era otro, era una tonalidad indefinida y desteñida. Para calzarlos sí valían, pero el resultado era tan ridículo que solo fui capaz de recuperarme del disgusto cuando me di cuenta de que me venían que ni pintiparados para una fiesta de época que tengo en el verano. Al día siguiente, 1 de enero, mi heredero único y yo fuimos a comprar unas botas a una zapatería de Santiago de las de toda la vida. Se probó unas que le gustaban mucho, que eran de una marca reconocida para la lluvia y con un precio que se ajustaba al producto. Le quedaban ligeramente holgadas y la izquierda le rozaba con la lengüeta. La dependienta fue a buscar un número más y un número menos, se los hizo probar, le puso plantillas a las del número más y corrigió en la horma la forma de la que le lastimaba, a la vez que la frotaba con una crema especial para suavizar las costuras. Mi hijo se fue de la tienda con las botas puestas más contento que unas pascuas y con las plantillas de regalo, con el compromiso de que si no le iban bien, volviese por allí. En las redes sociales me piden que evalúe el grado de satisfacción de mi compra on line. Les mandaré una foto con el disfraz.

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