Ratas y cuentos


Hay bichitos y fobias para todos los gustos y disgustos, pero lo cierto es que cuando en un espacio urbano se mencionan dos especies, ratas y culebras, quien más y quien menos se echa las manos a la cabeza, porque pocas cosas hay más alarmantes que un roedor o un reptil cerca de un espacio reservado para los niños, sean o no urbanitas.

Acostumbrados como estamos a que todo aquello que no vemos es como si no existiese, el submundo subterráneo, donde mandan los roedores, nos da sobresaltos cada cierto tiempo y nos recuerda que no somos la principal especie, ni de la tierra, ni tampoco del asfalto. Pero eso no debería implicar que los humanos en los que delegamos el encargo de gestionar la cosa pública no tengan en cuenta que lo que hace unos años no nos sobresaltaba ahora sí nos preocupe, porque en el mundo en el que nos movemos ya no se entiende la imagen de una de mis abuelas racaneándole las raciones de comida a los gatos para que hiciesen su trabajo. Tampoco la de la otra, a la que la Lei de Benestar Animal la habría dejado en la ruina, como mínimo.

Lo que sí se estila son fobias como las que yo misma cultivé desde pequeña. Ocurría precisamente por esta época, cuando a la vuelta del colegio (a la ida caminaba dormida cual alma en pena) me encontraba con caracoles por una senda en la que años después instalaron aceras y huía de ellos como de la peste.

Hoy Milladoiro tiene aceras y parques infantiles con suelos en los que no te abres la crisma y en los colegios juegan con productos comestibles. Por eso, ratas y culebras solo están en los cuentos, no en las cunetas.

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