Ojo al timo


Allá donde hay turistas, hay un lugareño avispado que pone en marcha su picaresca para timar al guiri. En la Plaza Mayor de Madrid hay alemanes e ingleses que han pagado un ojo de la cara por un vino peleón y unos calamares a la romana grasientos y chiclosos. Y hay rusos que en Marbella dieron vueltas y vueltas en el taxi que les tenía que llevar del aeropuerto al hotel. Hicieron kilómetros como para llegar a Granada y pagaron la carrera a precio de diamante. En el Camino de Santiago está empezando a pasar lo mismo. La Guardia Civil de Tráfico está apretando las tuercas a los taxistas porque ha detectado toda una colección de irregularidades e ilegalidades que, además de suponer en muchos casos una competencia desleal para los profesionales que cumplen con los requisitos -que son los más-, tienen como denominador común que el principal perjudicado es un peregrino que acaba timado. Taxistas de media Galicia vienen al aeropuerto de Lavacolla incumpliendo la normativa y le roban el pan a los conductores compostelanos, pero además cobran hasta 50 euros más de lo legal al cliente. Como vean mochilas, pelos rubios y teces blancas se les afila el colmillo. Por no hablar de los particulares que, armados de furgonetas, hacen mucha pasta llevando y trayendo caminantes y turistas. Pero hay que tener cuidado y poner ojo al timo. No solo porque hay que proteger a los taxistas legales, sino porque el timo al peregrino de hoy es el hambre del mañana. A esos mochileros hay que mimarlos y respetarlos, porque buena parte de la rueda que mueve nuestra economía sale de sus botas. No matemos la gallina de los huevos de oro.

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