Intramuros


Es un avance, tímido pero un avance al fin. El acuerdo entre el Consorcio y la Orden Tercera para abrir al público el camposanto franciscano, un significado bien patrimonial datado en el siglo XVII, es una señal de apenas mil metros cuadrados en una ciudad como Compostela donde la Iglesia es dueña y señora, y tiene cerradas a cal y canto tras infranqueables muros vastas extensiones que bien podrían ser utilizadas para el disfrute de todos los ciudadanos; puestas en valor, por tanto, ya que en su estado actual lo único que hacen es echarse a perder. No nos engañemos, tal vez el hecho de que la Orden Tercera es una institución seglar ha facilitado las cosas en San Francisco. Cabría pensar que la apertura -previa rehabilitación a cargo del Consorcio- del cementerio romántico que ha servido de definitiva morada a los miembros de esa orden y a sus vecinos los franciscanos del convento daría pie a plantear que la enorme huerta del propio convento podría abrirse a los compostelanos. Pero no, al menos no de momento, como tantas otras, céntricas, atractivas e infrautilizadas. Véase la de las Mercedarias o la de Belvís, sin ir más lejos. Y, de paso, no estaría de más que el patrimonio del interior de las iglesias se dejara ver con más facilidad, porque resulta frustrante que los visitantes que pretenden conocer algo más que la Catedral se den de bruces con las puertas cerradas. También en esto se ha avanzado, pero todavía no lo suficiente. Al menos nada comparable a los cuartos que la Iglesia recibe de los bolsillos de todos los ciudadanos, vía presupuestos de las Administraciones públicas, para el mantenimiento de ese mismo patrimonio de difícil acceso.

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