Tienen más de 70 años, algunas ya superaron los 80 años. No fueron grandes chefs ni médicas, ni siquiera dirigieron una gran empresa ni ofrecieron consejos psicológicos ni organizaron clases de infantil y de primaria. Nunca pisaron la Universidad. Pero saben hacer los mejores guisos que pueda usted probar, sanan las heridas con la maestría que solo da la experiencia, ofrecen consejos gratis y reconocen un mal día con solo escuchar el tono de la voz de sus hijos. Son mujeres que podrían dar lecciones de economía a más de un catedrático, y que llegan a final de mes pese a cobrar lo que más de uno se gasta en una sola comida. No entienden de papeleo administrativo, pero nadie les gana a sentido común. Estas mujeres viven en Pontepedriña desde hace casi 50 años, y ahora, cuando deberían disfrutar del paseo, están condenadas a ver pasar la vida desde las ventanas de sus pisos. Están encerradas en vida, y no pisan la calle desde hace años porque las escaleras de sus edificios, tantas veces recorridas, se han convertido en muros insalvables para sus cansadas piernas. Tienen habitaciones de sus hogares cerradas porque el agua se cuela por las fachadas que parecen de papel. Estas mujeres, algunas ya no lo verán, tienen la esperanza de ablandar el corazón de los políticos de todos los colores y de todas las Administraciones para que, antes de que falte otra más, vean cumplidas las promesas de ayudas económicas para arreglar fachadas y tejados, y para instalar los ascensores que les permitirán volver a oler la tierra mojada. Lo han dado todo sin protestar, así que no es pedir mucho.