Kebabs


Las tribus turcas que invadieron Anatolia jamás pudieron presagiar que aquella carne que asaban en el fuego con sus propias espadas sería, con el tiempo, uno de los negocios de comida rápida más provechosos y fecundos del planeta. En grandes y pequeños establecimientos que albergaron célebres cafés o restaurantes pueden verse hoy esos gigantescos chópeds que danzan sobre sí mismos al calor mientras sudan su propia grasa. Los kebabs han colonizado los mejores locales de la ciudad con la misma eficacia con la que se propaga la avispa asiática. En cierto modo, son la velutina de la hostelería: allí donde se instalan acaban con la fauna propia y la devoran. No queda ni rastro.

En persa, Kebab significa carne a la parrilla y, al parecer, se hacían originariamente de cordero. También los hay de pollo y de ternera, pero por lo que he podido leer, esa masa de carne se compacta, fundamentalmente, con tejido adiposo. Aunque esto suene regular, aquí también se hace con muchos embutidos. Para entender la eclosión de esta comida, hay que remontarse a la oleada masiva de inmigrantes turcos que se asentaron en Berlín después de la Segunda Guerra Mundial. El padre del primer Kebab en la ciudad fue Kadir Nurman, en 1972, y de ahí surgió una industria que da sustento a familias turcas por todo el mundo. Hay más puestos de kebab en Berlín que en todo Estambul. Por eso, en el 2009, a la caza del voto, Merkel posó ante las cámaras mientras tallaba unas tiras de carne.

Tal vez los candidatos de Santiago estén también afilando los cuchillos para la campaña de las municipales.

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