Me siento insultado. Alto y claro. Me siento insultado porque un grupo de destacados militantes de En Marea y del BNG han afirmado que estamos en un «Estado feixista». Lo dijeron a raíz de que la policía alemana aplicara la ley comunitaria y arrestara al ciudadano Carles Puigdemont, prófugo de la Justicia. Desde luego, no hay que perder ni un minuto más en explicar que tanto él como otros colegas suyos están detenidos no por sus ideas sino por sus acciones contra el Estado de derecho.
A mí lo que me indigna es que me insulten. Y no, no cabe la disculpa de que son jóvenes e ignorantes, porque saben leer. Incluso han pasado por la universidad. Porque aquellos que estamos en edad de ser abuelos sí recordamos el fascismo. O al menos el Estado franquista, que se le parecía mucho. Y recordamos que si la policía política te pillaba con un solo panfleto te podías ir dos años a la cárcel por «asociación ilícita y propaganda ilegal», previa tunda en la comisaría.
Porque recordamos cuando tuvimos que salir por pies (dos veces en mi caso) a otro país visto el empeño de esa misma policía en localizarnos. O cuando teníamos que estar encerrados en un piso seguro (yo, en una ocasión) para evitar la condena a esos 24 meses a la sombra por el delito de reunirse con otras personas empeñadas en recuperar la libertad robada. La mayoría de nosotros pasamos de puntillas por la política posterior. Aportamos nuestro esfuerzo en aquellos duros años y luego nos dedicamos a otra cosa. Nadie esperaba una medalla. Pero que nos escupan a la cara unas personas que pueden decir majaderías como esa gracias a nuestro sacrificio durante el fascismo es demasiado. ¿De verdad hay que seguir soportándolos?