El despertar


Cuando la realidad se presenta cada mañana vestida con el traje de la rutina se comporta de forma implacable. Ni siquiera saluda. Tal vez sea algo maleducada. Es como el oficial del cuartel que enciende la luz del barracón para que los soldados madruguen. Sabe que las cosas discurren por un cauce establecido, sin lugar a la objeción, y de ahí ese gesto silencioso y con aire de suficiencia. El viernes por la mañana, después de una jornada histórica de multitudinarias protestas, todo volvió al sendero de lo cotidiano, que es donde habita la anormalidad camuflada de normalidad. Vi a madres llevar apuradas a sus hijos al colegio, muchas más que hombres; vi a la señora de la limpieza recoger la fregona que empezó a utilizar de madrugada para dejar limpia la oficina, y entonces pensé que jamás había visto a un hombre; vi a una señora en las ventanas del edificio de enfrente sacudir las alfombras para liberarlas del polvo; vi a una mujer joven que caminaba muy lento por la acera, como derrengada, con dos gigantescas bolsas de la compra para hacer la comida; vi a otra mucho más mayor, ya abuela y pensionista, con sus dos nietos muy bien peinados y vestidos, y con sus mochilas para llegar a clase; vi a otra mujer de menos edad sacar a la calle a pasear a un señor en silla de ruedas para que le diera el aire fresco; y no vi casi hombres esa mañana porque, tal vez, estarían ya en sus trabajos, o en sus casas. Sí vi muchas portadas de periódicos. Ahí estaban otra vez todas esas mismas mujeres, miles y miles, en plazas y avenidas de ciudades y pueblos. Y esa mañana escuché, más que vi, un grito unánime. Ya basta.

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