Los desaires


Hubo un tiempo en el que Santiago era modelo de exquisitez en las relaciones institucionales. Hubo un tiempo en el que, fuese cual fuese la institución que patinase, ya ocurriese vulnerando las más elementales normas de cortesía y protocolo o bien en la pugna política negociadora para la consecución de objetivos para la capital de Galicia, el conflicto se resolvía sin estridencias y con frecuencia sin que los ciudadanos se enterasen, porque todos entendían que la disputa no era motivo para la obtención de ventajas políticas. Antes al contrario, la disonancia era causa de descrédito ante la sociedad compostelana y nada, nada, productiva cuando lo único de lo que se trataba era de avanzar en el progreso de la ciudad. El buen tono institucional de esos tiempos debiera ser reeditado ahora, máxime cuando los gestores de la ciudad miran a aquella etapa como antecedente ejemplar, como lección de futuro. Pero no es así. Y ha tenido que ser la perseverancia del Ministerio de Fomento de Íñigo de la Serna -nada que ver en este aspecto con su antecesora Ana Pastor- en el error protocolario para demostrar que hoy las Administraciones -dejémoslo así, en plural- no han aprendido nada de esos tiempos pasados. Es obvio que, por acción u omisión, solo o en compañía de otros, Fomento no ha estado fino en el trato dado al alcalde, es decir, a la ciudad, en la gestión del protocolo de la presentación de la estación intermodal el pasado miércoles. Y también lo es que al alcalde Noriega le hubiese bastado ordenar que su gabinete diese un telefonazo al del ministro para subsanar el problema. Sin tensionar la relación para explotar un victimismo innecesario y de escaso recorrido.

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