En el 2011, antes de que todo saltara por los aires, hubo también un mes de diciembre. Tal vez se nos haya olvidado. Era el último viernes antes de Nochebuena, llovía y hacía frío, y miles de trabajadores se sentaron en la mesa para la tradicional cena. Muchos no sabían que sería la última. Se comieron las croquetas, los langostinos y el jarrete, y se bebieron los chupitos sin imaginar que, poco después, serían despedidos de sus empresas. Estaban ahí, al lado de sus compañeros y de sus jefes, riéndose, brindando incluso, pero figuraban en una lista. Todos cenaron aquella lluviosa noche de diciembre: operarios, administrativos, teleoperadoras, ingenieras, técnicos, químicos, físicos, periodistas, consultores, enfermeras... Todos y todas estaban en la mesa sin presagiar lo que se avecinaba. Su drama estaba ahí, agazapado, a la vuelta de la esquina. Tal vez aquellas fueron sus últimas Navidades plenamente felices y quizás algunos no hayan vuelto a trabajar. Quién sabe. Seguramente, la convocatoria de una cena con los compañeros por estas fechas debiera hacernos recordar que somos afortunados porque aún tenemos un empleo.
Después podemos maldecir el vino que nos sirvieron, criticar que los licores no eran caseros, que el pan estaba reseso y todo lo que queramos.
Este año, cuando nos sentemos en el restaurante, yo propongo que se brinde por todos los que algún día compartieron mesa y mantel con nosotros y ya no están. Por todos aquellos que nunca jamás volvieron a protestar por el lugar elegido, por la comida, por los tostones de sus compañeros, y que ahora soñarían con poder hacerlo.