El recinto amurallado, de planta rectangular, fue inaugurado en 1934 a causa de dos necesidades imperiosas
20 nov 2017 . Actualizado a las 11:22 h.La muerte sigue siendo un tema tabú en muchos ámbitos sociales, porque se nos declara como una incertidumbre incapaz de esquivar. A medida que uno va entrando en años y ve como a su alrededor empieza a aflorar el vacío de la pérdida, nuestra razón entra en barrena ante la imposibilidad de gestionar dicha ausencia. En Galicia la memoria y el respeto son valores arraigados a lo largo de generaciones, por ello, siempre se ha vivido de cerca y con relativa naturalidad esa sombra alargada.
Existe un lugar que no conoce la modernidad, aunque se construya a partir de diseños innovadores o se escriba su nombre con láser; cada cementerio o camposanto del mundo sigue albergando los palpitares que se apagaron pero, sobre todo, representa lo fugaz de la vida y al tiempo que no perdona.
En nuestra ciudad, el cementerio de Boisaca supone un punto de inicio y de conclusión. Situado en la entrada norte de la ciudad, en cierto modo, da su particular bienvenida a los peregrinos que llegan por el Camino Inglés, tras cruzar el frío polígono industrial. El recinto amurallado, de planta rectangular, fue inaugurado en 1934 a causa de dos necesidades imperiosas: la primera fue la entrada en una nueva política sanitaria y la segunda la premisa de crear en la periferia un espacio dedicado al «descanso eterno». Su antecesor, el actual parque de Bonaval, vio como se cerraban sus puertas y década a década se fue sumiendo en el abandono, hasta su recuperación a principios de los años noventa.
Bajo las losas y en los nichos del cementerio de Boisaca se encuentra una parte importante de la historia de nuestras vidas: los que llegaron y se quedaron, los que nacieron aquí, o aquellos, que tras partir, retornaron a casa a través de un camino que nos une a todos, de encuentros y adioses, de sollozos y risas. Gente de a pie o ilustre, dispar, pero igual en la oscuridad.
Un tema delicado de tratar, ante la incapacidad de benevolencia en nuestra sociedad occidental, donde los criterios y las morales chocan constantemente. No se trata de credos y culturas, sino de energía y química sociales. Al igual que el galimatías evolutivo de la vida resulta indescifrable al ciento por ciento, el secreto más profundo de la transformación de la materia se nos mantendrá oculto, por ahora, quien sabe.
Relativizando el aprendizaje y ciñéndonos a nuestros sentidos, la vida en sí es una maravilla incluso en su concluir. Tratemos de verla con respeto cuando el miedo causado por una catástrofe natural nos permita advertir que, más allá de nosotros, está «ella». Un miedo racional que Goya nos planteó como pregunta en el grabado Nada: ¿dudaremos de nuestra existencia ante el fin? Como una sinuosa hilera de hormigas, somos la energía encadenada de una especie ininterrumpida.