Volveremos hoy a los cementerios para honrar a los nuestros. A los muertos les sientan mucho mejor las flores que a los vivos. Nosotros las olvidamos en un jarrón con afán decorativo, hasta que se marchitan, pero ellos las huelen y las tocan con la punta de sus dedos casi sin que podamos darnos cuenta. Por eso se las llevamos con tanto cariño cada primero de noviembre, como quien acerca un vaso de agua a un enfermo en la cama. Es un gesto bello: alguien se arrodilla ante una lápida y deposita un ramo con extrema delicadeza. Así caen también las hojas de los árboles en esta época del año, suspendidas, como si nunca quisieran tocar el suelo.
En las bodas, en cambio, la novia arroja el ramo al azar, igual que si fuera una piedra, a ver quién es el señalado del banquete para contraer pronto matrimonio. Por eso digo que a los muertos le sientan mucho mejor las flores que a los vivos. Tampoco usamos ya su lenguaje: en la época victoriana se utilizaban distintas especies para mandar mensajes y expresar sentimientos. La virtud en las rosas blancas, el amor en las rojas y la amistad en las amarillas. Ahora ya solo utilizamos las flores para poder hablar con los muertos.
Por eso el día de difuntos es la primavera de los cementerios. Florecen por el mármol y se encaraman por las lápidas crisantemos, margaritas y claveles, aunque el aire huele ya a otoño, a madera quemada y los días son cada vez más cortos. Llegará un momento en el que tampoco estemos nosotros para llevarles las flores a los nuestros. Cuando eso ocurra, también habrá muerto el recuerdo, que es lo único que los mantiene vivos.