Los marrones con la normativa apropiada son menos


santiago / la voz

Lupino se presenta el proyecto de la gasolinera de Brandía. Y no tanto por el lobo que ven los vecinos llegar a la urbanización, sino por la lupa que será necesario ponerle al expediente que obra en las oficinas de Raxoi. Lo de enlazar lupino con lupa es una licencia verbal, de esas que no se autorizan en los trámites urbanísticos. El a la estación de servicio va a encontrarse con los incisivos de la población residente, que se plantará en Fontiñas, y el no con una demanda segura de los promotores de la instalación. Vía legal con doble sentido.

Ahora mismo sobrevuelan los argumentos de una parte a otra con una colisión solo en el aire. Tras el pronunciamiento municipal, lo aéreo bajará a tierra. Para el o para el no, van a tener que dar con todas las teclas los técnicos que diriman la causa, ya con las plumas desenfundadas.

En principio, el camino conduce a la concesión de la licencia si se mira al veredicto de la Xunta: luz verde en esta fase inicial. A la hora de la decisión final aquí no cabe la permisividad, sino el permiso concedido conforme a la normativa vigente en todas las vertientes del caso.

La institución autonómica se llevó una sonora caricia dialéctica de los vecinos, al juzgar estos que el estudio ambiental nació plagado de lagunas: por allí cerca discurre un gasoducto, habrá ruidos, provocará impacto del agua del lavado. Posible contraindicación: la papelera. Otra posible contraindicación: el propio plan (a lo sumo se admite la tienda trasera). Argumento de peso: se levantan filas de casas cerca. Y generará un tráfico presumiblemente endiablado.

Todo eso, junto a otras consideraciones técnicas, figura en la lista de agravios alegada por el barrio y desgranada por una residente en el pleno del pasado jueves. Pero entre el cúmulo de quejas, surge una muy reiterada: no hay un centro comercial al que atar la gasolinera. Es un ser solitario que emerge junto a una rotonda. Y, según los promotores, ofrecerá unos precios ilusionantes. Lo malo es que nadie puede ver hoy una lista de tarifas para esos días en ningún panel. Los promotores arguyen sencillamente que cumplen la legalidad.

Vistas

Los técnicos acumulan ya elementos mediáticos de una y otra parte, junto a los que han empezado a subrayar en los cartapacios normativos. Tras la controversia pública precisan la serenidad para acertar a poner los puntos sobre las íes técnico-jurídicas.

Con el panorama que allí se divisa, el emplazamiento de la gasolinera no parece el más adecuado a primera vista. Pero falta verlo a segunda vista, a tercera vista y, quizás, en una última vista en el juzgado de Fontiñas.

Y es que el urbanismo, se pose donde se pose (incluso en un mercado urbano) se mueve dentro de un marco legal ineludible y, hasta cierto grado, interpretable. Por mucho que vuelen los desiderátums, hay un muro nunca traspasable por ningún cargo (salvo que sea León, el de «Garu, Garu») y es la prevaricación. Los argumentos técnicos no pueden exceder de ese tope que acabaría con los huesos de un político en el sillón de su casa. Seguramente no menos mullido que el de Raxoi.

Vecinos, promotores, grupos políticos y opinantes han llenado páginas con sus tesis. Las tesis definitivas las conocerá el ciudadano tras pasar por el tapete de la Xunta de Goberno, previamente informadas. Y sería deseable que fuesen convincentes para no echarle más gasolina a lo que ya va a ser (o iba a ser, según) una gasolinera. En todo caso es un marrón, no un crespón.

La reflexión serena es una buena pócima para cualquier fregado en potencia. Probablemente ese reflexivo análisis de la normativa municipal hubiese eliminado de raíz el problema de los vados. «El gobierno local no ha vadeado bien» y se ha metido en un «charco bastante fangoso», se expresaba en estos renglones lunares el 24 de abril. Es en los casos conflictivos en donde la serenidad reclamada para Brandía resulta beneficiosa al objeto de no actuar de acuerdo a lo que se ve a primera vista, causa-efecto. Si hay coches hay estela de daños.

Era preciso aquietar un poco más la mente antes de remitirles a los vecinos facturas de 4.500 euros, IVA incluido.

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