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Mientras Miguel Anxo Fernán Vello, ahora político de En Marea y siempre poeta, tiraba por la borda su bien ganado prestigio intelectual acudiendo a Venezuela a hacerle la ola a un dictador de la catadura de Maduro, su correligionario Martiño Nogueira ponía los pies en la tierra y le hacía caso al BNG.

Fue el portavoz de este partido en el Concello compostelano, Rubén Cela -otro con las extremidades inferiores bien apoyadas en el suelo y al que no le gustan los cantos de sirena- el que hace unos días salió a la calle simbólicamente, con unos cuantos de los suyos, para pedir la devolución de dos estatuas del Pórtico de la Gloria que están en estos momentos en poder de la familia del general Franco.

Es lo menos que se le puede pedir al alcalde: que respalde cualquier iniciativa para recuperar esas piezas y cualesquiera otras que anden danzando por ahí y que, según declaraba el deán de la catedral hace dos días en estas mismas páginas, haberlas haylas.

Seguro que saldrán los de siempre diciendo que eso es guerracivilismo, que hay que saber olvidar, que en este siglo no cabe ser rencoroso con algo del anterior y que si algún ejecutado sigue pudriéndose en una cuneta hay que dejar a los muertos en paz, aunque sus hijos o nietos no puedan darle sepultura con dignidad.

La Transición fue muy generosa con los explotadores que hubo que aguantar cuatro decenios. Las cosas fueron así y punto. Pero que la familia del dictador se quede con dos estatuas del Maestro Mateo que salieron de la ciudad de manera poco clara y todo apunta a que ilegal ya es el colmo. Alcalde, espabile. Y diputado Fernán Vello, deje de pasear y eche una mano. Que para eso cobra su sueldo.

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