Contenerse

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

SANTIAGO

Ay, lo que cuesta contenerse. Lo que cuesta contenerse a veces. Difícilmente se contiene uno cuando empuja la puerta del portal y se da de bruces con el contenedor, allí, plantado en medio de la acera, sin contención alguna. Suspira uno. Cuenta hasta diez intentando contener una palabrota mientras sigue agarrando con fuerza el carro de la compra, con el que, obviamente, no va a poder pasar. Porque la acera ha sido tomada por ese recipiente continente. O bufa uno una maldición contenida, para que el pequeño que va en el carrito que, obviamente no va a poder pasar, no escuche juramentos. Ya tendrá tiempo de acostumbrarse a la incontinencia verbal de muchos a los que, más que educación, les hace falta un muro de contención. Como el conductor que, de manera nada contenida, ha decidido crear una nueva plaza de aparcamiento a base de empujar de manera contundente ese recipiente continente hasta dejarlo cruzado en una acera, una acera en cuesta. Allí se queda el contenedor, a merced de la gravedad. Sin continencia alguna. Que si se va hacia abajo que más dará. Ya vendrá un peatón que intente contenerlo. No queda más remedio. De forma prudente, contenida, invade uno la calzada. Rodea ese contenedor que tanto molestaba a ese conductor que no pudo contenerse. Que con la prisa no podía buscar otra plaza de aparcamiento. Y uno se queja. Pero contenido. Ya saben, para que el pequeño no oiga juramentos. Y piensa en esas calles en otros barrios, hasta en su mismo barrio, donde ya no hay necesidad de contenerse. Porque los contenedores están anclados. Y se evitan la falta de educación de una tropa de incontinentes.