Aveces hay actitudes del feminismo que me parecen exageradas. Hasta andrófobas. Pero imagino que es comprensible si atendemos a los siglos y siglos de marginación y desigualdad a las que se han visto sometidas las mujeres. Y aún se ven. En un día como hoy no está de más reflexionar sobre lo que supone ser mujer. No en países de burka y ablación, sino aquí, en España. Donde nos suponemos modernos y desarrollados. Ser mujer es, aún hoy en día, que el diccionario de la Real Academia Española te siga definiendo como el sexo débil. Es que te digan que una buena madre pare con dolor. Sin epidural ni nada. Y da siempre la teta. Es que te paguen menos por hacer el mismo trabajo. O que, de oficio, te endosen la mayor parte de las tareas domésticas. Es que te llamen puta por hacer lo mismo que los hombres a los que llaman machotes. Es que el tipo con el que duermes crea que tiene derecho a decidir qué falda te pones o de qué color te tiñes el pelo. Es, que cuando te rebelas y le enseñas la puerta, vuelva con un cuchillo, te pegue una paliza o reviente la casa contigo dentro. Ser mujer es mejor ahora que antes. Hemos avanzado mucho. Hasta hace poco, los padres eran siempre sus tutores hasta que se casaban, que pasaban a depender del marido. Hasta 1978 pasó eso en España. Aún queda mucho machismo en la sociedad. Y mucho de él no lo ejercen los hombres. También hay muchas mujeres enroladas en ese barco de desigualdad, de estupidez. La batalla tiene que seguir librándose, pero no es una lucha de sexos. En el bando de los malos hay hombres y también mujeres. A veces, todos hemos estado, sin saberlo, en ese bando.