Noche de PAC

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

SANTIAGO

La megafonía gritó el nombre de su amigo. Cuando cruzó el pasillo, se puso los auriculares. Lo peor, la espera infinita, la intranquilidad de no saber qué es lo que está pasando, quedaba atrás. Se concentró en su móvil. Callado. A su alrededor orbitaba todo el silencio del que carecía aquella pareja de mediana edad. Sentados junto a la pared del fondo, se les notaba que son veteranos en estas lides. Sabían a lo que venían. Y estaban preparados. Tenían teléfono. Tenían tableta. Tenían cargadores. Se adjudicaron los enchufes. Dos. Todos los que había disponibles en esa sala grisácea, gastada por la enfermedad. Triste. Porque nadie va feliz a pasar una noche de PAC. Y se entretuvieron, a voces incluso, hasta que la megafonía gritó el nombre de él. A su lado, un adolescente. Se encontraba mal de verdad. Con la capucha puesta, intentaba echar una cabezada. A ratos, perdía la paciencia. Se levantaba, caminaba en círculos. Le pedía el móvil a su madre. Preguntaba por qué seguía esperando. La paciencia que a él ya le faltaba la rebosaban una madre y una hija que, con el móvil en la mano, empezaron a reírse a carcajadas de las fotografías que salían de esa pantalla. A su lado, otro hombre, concentrado también en su teléfono. Callado. Esperando a que atendiesen a su padre. Un hombre sentado en silla de ruedas, con las zapatillas de casa todavía puestas. No se le oyó ni respirar. Tampoco hicieron ruido alguno al irse de allí. Y entonces, nos llamaron. Salió el chico. Su amigo se quitó los cascos. ¿Su diagnóstico? Una esquirla en un ojo. ¿El nuestro? Una vulgar gripe. Tratamiento: paracetamol y a aguantar. Cogimos los abrigos y el paraguas. Había acabado aquella noche de PAC.