Arrolla. Y el viento alcanza los 104 kilómetros por hora en Lavacolla. Se va la luz aquí y allá. Los árboles se desploman sobre las calzadas. A algún conductor con mala suerte incluso se le cae alguna rama encima, sin consecuencias graves por fortuna. Hay tendidos eléctricos destrozados en numerosos puntos y los contenedores juegan a los bolos en las calles. En la costa las olas superan los once metros. No hay tregua. Un ciclón encadena otro formando un enorme temporal de esos que son noticia pero que suceden cada año. Vivimos junto al Atlántico y esto es normal. No lo es tanto que hace solo un par de semanas los embalses estuviesen vacíos y no hubiese lampreas en el Ulla y en el Tambre porque bajaban con poquísima agua. No diré aquello de que el cambio climático está poniendo todo del revés, aunque lo pienso. No importa lo acostumbrado que estés a la lluvia y al mal tiempo. Esto es Santiago, vaya. Aquí cae más agua que en Londres y se ve menos el sol que en Mordor. Sin embargo, cuando la lluvia azota las ventanas y el ulular del viento se cuela en las casas entre las rendijas de la fachada el humano toma conciencia de lo pequeño que es. De lo insignificante que es nuestra existencia. De lo a merced que estamos de las ingobernables fuerzas que rigen los destinos de este planeta azul en el que vivimos. De esta Tierra en la que giramos y giramos al tiempo que damos vueltas y vueltas sobre una enorme bola de fuego a la que llamamos Sol. El temporal pasará. Hasta puede que algún día las nubes nos dejen ver el cielo. Y volveremos a creernos enormes. Pero somos pequeños. Adoro los temporales, porque nos recuerdan nuestra futilidad.