Muchos domingos, al mediodía, me sentaba en la barra con mis pequeños para el aperitivo. Y ella, siempre cordial, se preocupaba de darle las patatas o de rellenar un pequeño recipiente con un combinado de frutos secos. A Bruno y a Mario, como a muchos niños, les encantaba. Tanto era así, que metían los dedos en aquel cuenco desaforadamente, como dos perros que pelean con sus hocicos por el mejor hueco de un recipiente. Entonces, les apercibía por sus maneras y para que aprendiesen a comportarse en público, que es lo que nos distingue de los animales. Ella sonreía de forma cómplice, con ese gesto del prójimo que siempre indulta a los niños por el hecho de serlo, con independencia de su conducta.
Esta era la estampa del Isla un domingo cualquiera. Un establecimiento de barrio, reformado, y donde todo transcurría sin contratiempos, igual que un corazón que siempre late a las mismas pulsaciones: la vecina que te pregunta por las oposiciones del chaval, el señor que apura concentrado el crucigrama mientras su perro permanece atado en la puerta, los abuelos, los nietos... Elena atendía a toda aquella clientela siempre con una sonrisa. Era una más. Y llevaba tanto tiempo en el Isla que muchos ni siquiera sabíamos que era extranjera. El pasado viernes, un desalmado y un malnacido la acuchilló repetidas veces hasta matarla. La faz del barrio dibuja ahora un gesto de dolor sincero. Y en el bar, cerrado, han dejado flores. También una foto suya. Me quedo con ese recuerdo, con un rostro que brillaba como una estrella. Y ya sabes, Elena, las estrellas siempre están en el cielo.