Han absuelto a una abuela que se llevó a su nieto de dos años de copas por Santiago. Un hecho insólito, claro, de ahí que sea noticioso. Con ese titular, uno se imagina a una alegre y diracharachera septuagenaria, nostálgica de los ochenta, como si Chus Lampreave se hubiese escapado del rodaje de una película de Almodóvar para tomarse un descanso y unos vinos por el Franco. Al final, todos hemos visto a bebés durmiendo en sus sillas hasta altas horas de la noche mientras sus padres alternaban. Lo de la abuela de copas con su nieto puede ser un toque almodovariano para alterar una rutina. Una nota de color, ochentera y rompedora, que desafía el férreo orden establecido por esas familias que nunca desvían sus vidas del carril ni un solo milímetro.
Uno se imagina a esa abuela con su nieto capturada por la cámara de Alberto García-Alix, fotografiada en blanco y negro, y expuesta en un gran museo, compartiendo un espacio con esos seres anónimos en los que el artista leonés también veía reflejada su propia vida. Sin embargo, una lectura detallada de la noticia, más allá del titular, nos transporta de la movida de los ochenta a la movida de ahora. Y la movida de ahora está desgraciadamente marcada por la pobreza. Esa abuela iba con su nieto de copas. Y lo llevaba desarreglado, sucio y empapado de orines. La mujer apenas vivía con una pensión de 300 euros y estaba a cargo del pequeño porque la madre, es decir, su hija, arrastraba una enfermedad psíquica grave. La abuela se ha librado de dos meses de prisión y de 240 euros de multa. En definitiva, del género almodovariano a una película de terror.