Ya resplandece. Desde hace unos días, todo resplandece. Resplandece la ilusión de que a uno le toque un pellizco de la lotería, ya saben, para tapar unos agujeros. Así que hay ya alguna que otra cola resplandeciente en las administraciones. Resplandecen los escaparates a rebosar de regalos. El más indicado para él, para ella, para el de más allá. Para el amigo invisible y para el pequeño que aún está por venir. Resplandecen los restaurantes, que noche sí y noche también dan de cenar a compañeros de trabajo que, resplandecientes, celebran que han pasado juntos un año más con más risas que llantos, esperemos. Resplandecen también los padres, las madres, los abuelos y los hermanos que esperan, como si fuese la noche de Reyes, a que llegue ese emigrado al que no han visto desde hace casi un año. Resplandece la Praza de Abastos, que empieza a moverse a un ritmo vertiginoso porque ya estamos haciendo acopio para la Nochebuena, que es menos buena si sobre la mesa no hay un buen bacalao con coliflor y un surtido de mariscos. Resplandece también la vena solidaria, con decenas de iniciativas, con decenas de nuevos voluntarios trabajando por un nuevo año un poquito mejor si se puede. Resplandecen los niños con ese «me lo pido» constante. Delante de la tele, viendo el catálogo, al pasar por delante de la juguetería. De repente, porque sí. Porque se ha portado bien este año y qué caray, por pedir que no quede. Se acerca la Navidad, y todo resplandece. Hasta que uno camina hacia Cervantes esperando El Resplandor. Y esa luz mortecina, qué quieren. Le borra a uno cualquier ilusión. Aunque fuese resplandeciente.