Negro. Así es el día a día de unos niños que se crían viendo como su padre humilla a su madre. Negro es el futuro de una pareja en la que él se cree con derecho a decirle a ella cómo vestir, con quién salir, a qué hora llegar, qué pensar, qué hablar y, más que nada, qué callar. Negro. De ese color está teñido el corazón de quien se cree con derecho a sobarnos, a despreciarnos, a insultarnos. A pagarnos menos por el mismo trabajo. A despedirnos por tener hijos. A menospreciar nuestra opinión, a cosificarnos, a decidir cómo tienen que ser nuestros cuerpos.
De color negro se vuelve todo en el instante en el que tu compañero decide levantarte la mano por primera vez. Se ennegrece incluso más cuando te horada la autoestima. Negro es el silencio cómplice. Las estadísticas que dicen que una de cada tres adolescentes considera aceptable que su pareja les espíe el móvil pintan un porvenir negro. Casi más negro que el negro que gotea de las negras cifras de ese agujero negro que es la violencia machista.
Negras. Negras estamos estos días. Negros están nuestros compañeros. Nuestros padres y madres. Los abuelos. Los amigos. El camarero que te pone el café todas las mañanas. Los vecinos con los que te cruzas de camino al trabajo. La pescantina y también la panadera. El de la frutería y la de los quesos. Negros están los universitarios y los jubilados. Hasta negro está el deán, que ha vestido la Catedral de negro. Hoy, viernes negro, el negro ya no es un futuro negro. Porque Santiago grita en negro que ya basta. Que estamos negros. Que ni una más. Que ni una menos.