El tráfico de Milladoiro

Emma Araújo A CONTRALUZ

SANTIAGO

No hay día en el que los problemas demográficos de España, y especialmente en Galicia, no salten a la palestra para anunciar todas las desgracias que como sociedad se nos vienen encima porque no nos da la gana de cumplir con aquel mandato divino de «creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla». Bueno, en lo que a someter se refiere, me da que estamos superando cualquier expectativa que la divinidad nos ha puesto por delante. Pero en lo primero si que no andamos muy ufanos. Por eso resulta de lo más extraño que aquellos lugares en los que las personas que aún confían en la raza humana y se afanan en mantener la especie se hayan convertido en seres a los que la vida se les complica en demasía. Un claro ejemplo lo tenemos en Milladoiro, un núcleo aislado por una carretera (me río yo de la navallada con la que en su día se calificó a la AP-9), en la que viven unas quince mil personas, un número por el que suspirarían tantos concellos que no acierto ni a calcular el número. Desde que los vecinos comenzaron a vivir en este lugar, ya antes de que hubiese aceras, el tráfico era una tortura. Han pasado años, tantos como para construir nuevos colegios, guarderías y hasta un cuartel de la Guardia Civil, pero eliminar el tráfico rodado de la avenida Rosalía de Castro parece tan difícil como que te toque la lotería. Hace tiempo, un amigo ecologista me dijo que Galicia no tenía una política forestal porque por la vida de un árbol, si no arde, pasan varias generaciones de políticos. ¿Será que el asfalto de la N-550 es verde?. No creo, porque si así fuese alguien lo habría podado.