En la primavera de 1972 un Renualt 8 circulaba por el campus. En la práctica, el único. Su dueña, una muchacha de Cedeira poseedora de una sonrisa encantadora, era el centro de todas las miradas de los estudiantes, y no solo -¡ni mucho menos!- por aquel “pedazo buga”. Hoy el campus lleva el adjetivo de “sur” y es un aparcamiento al aire libre carente de atmósfera universitaria. Un desastre sin paliativos, una colección de baches donde uno se deja la rueda, el rodamiento, la suspensión y lo que haga falta. Una muestra de uno de los fracasos del PSOE mientras estuvo en la alcaldía y por supuesto del PP que pasó fugaz. De los actuales, los del cambio, no se tienen noticias. Así que es de temer que a Santiago se le siga apuñalando sin que nadie se altere. Por el campus se puede pasar, no es obligatorio, para ir al hospital. Aquí se aparca, pero los aledaños del edificio están llenos de coches, de manera que ganar la puerta es a veces invitación a practicar el eslalon. Eso sí, una vez en la acera lo mejor es entrar cuanto antes porque los jardines dan pena. ¿Cuánto hace que no se retiran cajetillas de tabaco, colillas, plásticos, envoltorios de donuts y similares? Y ahí dentro trabajan unos y otros. O sea, los que intentan escaquearse mientras se les llena la boca hablando de defender la sanidad pública y los que se dejan la piel y el conocimiento en cumplir con su deber. Alguna megafonía falla, otra no. El trasiego es agobiante. Y uno se pregunta cómo es posible que en ese ambiente, y con la escombrera de los jardines, personas como la neumóloga Lourido puedan mantener la sonrisa. Por cierto, una sonrisa que hace recordar a la muchacha de Cedeira en su R-8.