A la muerte se la trata de usted...

Mario Beramendi Álvarez
Mario Beramendi CRÓNICA

SANTIAGO

Hay un momento en la vida en que ya nada vuelve a ser como antes. Nadie recuerda con exactitud la edad a la que comprendió en qué consiste la muerte, pero en algún momento de nuestra infancia vino ese cuervo negro a posarse en nuestra ventana. La muerte llega en realidad a nuestras vidas el día en que entendemos que se trata de un estadio permanente e irreversible. Puede ser a los siete, a los ocho o a los nueve años. Y entonces nos asomamos a ese insondable pozo de vacío y de nada, que nos devuelve una especie de eco, un sonido que nos acompañará el resto de nuestra vida, eso que los filósofos llaman angustia existencial. A la muerte la tememos tanto que nos enseñaron a tratarla de usted.

Hace ya muchos años, en un tanatorio ubicado a las afueras de Santiago, coincidí con mi padre en el funeral de un conocido pintor. Pocos lugares entrañan mayor riesgo para escuchar frases insustanciales y estúpidas que un velatorio; la gente, salvo muy escasas excepciones, no sabe qué decir. Y yo, para mantener la tradición, no tuve mejor idea que intervenir con una chorrada. «¡Qué poco me gusta venir a estos sitios, papá!», dije. No sé exactamente que buscaba con esa frase: quizás enfatizar mi juventud, quizás mostrar mi malestar por el compromiso del funeral. No lo sé. Pero lo cierto es que mi padre se giró y me dijo: «¿Sabes lo que te digo? Que ya te puedes ir acostumbrando».

Los niños más pequeños creen que la muerte es la calavera del barco pirata. Y que está ahí para asustar. De algún modo, todos llevamos un niño dentro. Han transcurrido casi dos décadas desde aquel episodio en el funeral del pintor. Y en todo este tiempo ha retumbado en mi cabeza aquella desagradable premoción de mi padre. Era cierto. A lo largo de los últimos años he ido más veces al tanatorio de las que hubiera imaginado. Se han muerto amigos, conocidos, familiares muy directos... Es un dolor crónico que nos acompaña para siempre, y en realidad su cura no existe. Solo se puede aspirar a convivir con él de la mejor forma posible. A veces se logra, y en ocasiones no.

Pronto se cumplirán tres años de la catástrofe de Angrois. Aquella tarde llegué a las vías del tren quince minutos después del descarrilamiento. Y pese a todo aquel horror, cada vez que me acuerdo del accidente me vienen a la cabeza las horas que pasé, días después, en el edificio Cersia, donde se comunicaba oficialmente a los familiares la identidad de las víctimas. De vez en cuando, todavía escucho aquellos llantos. No sabría ni siquiera cómo describirlos. Tenemos miedo a la muerte, claro, y por eso la tratamos de usted. Pero a veces creo que no estaría mal decirle que se fuera un poco a la mierda.