El paso del tiempo obliga a cultivar el obituario; se nos va yendo la gente, claro, pero también se nos mueren los bares. Ha cerrado la discoteca Don Juan después de cincuenta años de vida. Más allá de la nostalgia, medio siglo para un local de ocio nocturno es toda una proeza, o más bien una anomalía. Los mejores locales nocturnos siempre mueren demasiado jóvenes, básicamente, porque se los beben sus dueños. Es una existencia fugaz, como de un trago, igual que aquella primera fiesta en la sesión de tarde que terminó a las diez, pero que siempre desearemos que no hubiera acabado nunca. Tanta longevidad como la del Don Juan solo puede explicarse desde una vida muy sencilla, sin grandes excesos, y marcada por una estricta y calculada rutina. Y eso es lo que fue esa discoteca: un local normal, fuera de las rutas de los jóvenes, y siempre dirigido a los más mayores. Como los abuelos, el Don Juan siempre cuidó la sal, rehusó los fritos y salió a pasear media hora todos los días. Y por eso a nadie debe extrañar esa sorprendente longevidad.
Los vecinos llevaban tiempo persiguiendo el cierre, pero ese es un virus que amenaza cualquier establecimiento nocturno, en el que se agolpe algo de gente en la calle y se haga ruido de madrugada cerca de las viviendas. Quizás el virus ha cogido demasiado viejo al Don Juan, como la vulgar gripe a los más ancianos. Así que su adiós me recuerda a la anécdota de aquel universitario que se detuvo ante un portal por el fallecimiento de una vecina de 99 años. Y en el libro de condolencias, haciendo gala a la vez del buen humor y del mal gusto, escribió: «Hai que ir morrendo».